✠ Meditación sobre el examen de conciencia.
«Que cada uno examine bien sus propias acciones; entonces el motivo que tenga para gloriarse lo tendrá para sí mismo solamente, y no delante de otro». (Gálatas 6, 4).
I. Todos los días debes examinar tu conciencia; en este examen, como en espejo fiel, descubrirás todos los defectos de tu alma. Tan escrupulosamente examinas todos los defectos de tu cuerpo para hacerlos desaparecer, o por lo menos para disimularlos ante los ojos de los hombres, ¡y no indagas las imperfecciones que vuelven desagradable tu alma para toda la corte celestial! Pide al Señor que te ilumine; «sean cuales fueren las tinieblas que envuelven a tu alma, Dios, que es luz, las disipará». (Tertuliano).
II. Tu conciencia no debe ser como esos espejos que representan a los objetos más grandes o más chicos de lo que son; debe representarlos fielmente y al natural. No tengas una conciencia laxa, que te represente los más grandes pecados como faltas ligeras; ni seas escrupuloso tampoco. Para evitar estos dos extremos, manifiesta el estado de tu conciencia a un director espiritual sabio y piadoso, y atente a sus avisos.
III. Después de haber consultado al espejo, deben hacerse desaparecer las manchas que él ha señalado. De igual modo corrígete de los pecados que tu conciencia te reprocha, y no imites a esas personas que tiran el espejo porque les acusa su fealdad. Por desagradable que sea el examen de conciencia, hazlo todos los días, y, sobre todo, toma la resolución de evitar en lo futuro las faltas de que te reconoces culpable. «¡Qué espectáculo más triste el ver a los cristianos recaer sin cesar en las faltas que lamentan haber cometido!». (Salviano).
Fuente: Santoral del P. Juan Esteban Grosez, S.J. (1673).
A. M. D. G.